jueves, 22 de enero de 2009

Templanza

Siempre estaba arrodillado, siempre. Ya fuera por devoción demostrada a su señor o por devoción demostrada a sus creencias. Pero fuera como fuere, siempre estaba con la rodilla hincada en tierra. Al comenzar todo esto, él estaba de rodillas, delante de la imagen de la Sagrada Señora, rezando para que le diera fuerzas pues el rey le había mandado llamar de nuevo, y eso le preocupaba. Él era muy fiel a su señor, muy pero, que muy fiel pero... Había que admitirlo, el rey no era una persona muy... sensata a la hora de mandar a sus caballeros a cumplir misiones. La última misión, por llamarla de alguna manera, había sido escoltar a su hijo el príncipe desde los puertos hasta el castillo, lo cual sería más o menos razonable si el rey no hubiera mandado a todos, absolutamente todos sus caballeros para hacer ese servicio de escolta real. Es un poco ridículo, además de sobrecargado, ver a trescientos caballeros del rey custodiando al príncipe y más sabiendo todos en el reino que el rey odiaba al príncipe tanto como el joven príncipe odiaba al rey. Pero bueno, a él no le importaban las excentricidades de la realeza... A él le importaba su honor y sus misiones y la principal era servir al rey y eso haría. Cuando ya pensó que la Señora había escuchado sus plegarias para obtener por una vez una misión de honor y normal, el caballero se levantó mientras recogía su espada del suelo. Al estar ya de pie, puso su brillante espada en su funda y se colocó bien su armadura.
El pasillo que separaba la capilla del salón del trono era estrecho y húmedo, parecía más el pasadizo de unas catacumbas antiguas. En algunos de sus trechos él tenía que caminar con dificultad y de lado, rozando su armadura pesada por las paredes húmedas y frías. A veces él se preguntaba por qué aquella zona se diferenciaba tanto del resto del castillo... Pero no era tiempo para divagar. Era tiempo para ver a su rey y para recibir una misión que con un poco de ayuda de dios sería una misión de verdad.
-Por fin llegas, ya era tiempo –el rey hablaba siempre desde su trono, jamás se levantaba de él, muchos pensaban que hasta comía y dormía ahí, lo cual era obvio una exageración pero...
-Mi señor, ¿me llamasteis a vuestra presencia? –jamás miraba al rey a la cara, eso parecía molestarle, así que se fue arrodillando e forma elegante y mirando al piso, mientras hablaba.
-Basta de lisonjas, Sir Albert, os tengo una misión de vital importancia para la Corona y para la Iglesia.
-Os escucho, Majestad –el caballero no mostraba emoción alguna pero en su interior sonreía, pues se avecinaba una misión gloriosa, en su mente ya se veía cumpliéndola.
-Sir Albert, estuve hablando con el Arzobispo y por lo visto sois un caballero de honor y un fiel siervo devoto de la Iglesia –El caballero sonreía de forma tenue ante las palabras de su señor.
-Me halagáis en exceso, Su Alteza.
-No lo creo... Bien, mejor voy al grano. Sir Albert, he pensado enviaros al frente de un grupo a Las Cruzadas...
-¿¿¡¡Las Cruzadas!!?? –El Santo Grial... Fue lo que se le pasó por la mente de forma instantánea al caballero.
-Si, a Las Cruzadas. Mis consejeros han seleccionado un preparado y fuerte grupo de honorables caballeros de maravillosa reputación y quiero que vos los lideréis en esta empresa... Para gloria de la Corona y sobretodo de La Iglesia. ¿¿Aceptáis, mi lord??
El caballero no tardó en contestar y un Si voló por sus labios antes de que su cerebro pudiera siquiera pensar en eso. El rey le ordenó levantarse, le dio las gracias muy a su modo y el caballero, después de una reverencia mayúscula a su señor, se marchó a dar con Sir Bation.
Sir Bation era un caballero de ahora raída armadura y desaliñado porte que había caído en el olvido, aunque en su día fue uno de los más grandes y honorables caballeros y uno de los que más renombre le dio a su orden de caballería, ahora solo era un viejo amargado que vivía de los viejos días y de entrenar a nuevos caballeros. El rey también lo había puesto a cargo de preparar las misiones de los caballeros por eso el joven caballero lo tenía que visitar para poder saber más de su misión. Tampoco le disgustaba tener que ver a Sir Bation de nuevo, pues el anciano caballero había sido su mentor y podía decir que este último le enseñó todo lo que sabía de la caballería y el arte de la guerra.
El camino hacía las estancias de los reclutas era muy simple, solo bajar desde el piso del salón del trono hasta las caballerizas y un poco más alejado de estas, estaban los barracones donde jóvenes escuderos se preparaban para ser caballeros de pleno derecho después de haber servido a su vez a otros caballeros como aprendizaje. Al llegar Sir Albert vio al viejo caballero, a grito pelado, instigando a acelerar la marcha a los pobres escuderos bajo su entrenamiento, unas palabras pasaron rápidamente por la cabeza del caballero: “Os compadezco, chicos, sé lo que es eso”. Pero no tenía tiempo para divagar, así que se acercó a Sir Bation y lo interrumpió.
-A pesar de que os veo ocupado, mi lord... ¿puedo osar interrumpiros? –dijo Sir Albert mientras se acercaba al viejo caballero y le hacía una reverencia que olía a burla.
-Albert, jovencito, que gusto me da verte –el anciano caballero de oxidada armadura se lanzó a los brazos de su pupilo y le dio un paternal abrazo –Creo que sé a lo que vienes, has hablado con el Rey, ¿verdad?
-Por supuesto, Sir Bation, hablé con el Rey y me comentó. ¿Es cierto que lideraré un grupo de selectos caballeros para ir a Las Cruzadas?
-Ja, ja, ja... Tú no estás pensando en Las Cruzadas, chico, sino en el Santo Grial, has sentido atracción por la Sagrada Copa de Cristo desde que te conozco y créeme, de eso hace ya muchos años.
-Si –dijo de forma apagada el caballero sin poder evitar bajar la cabeza y que le apareciera cierto rubor en las mejillas –He soñado con traer el Cáliz Sagrado desde tierra infiel desde que era un mozalbete. Pero... ¿Es cierto que podré?
-Por supuesto, jovencito, tendrás un grupo de caballeros, entre los que se encuentran hombres de tanto renombre como Sir Arthur, Sir Armand, Sir Espegol... Hombres valientes y honorables que te obedecerán en todo. Tendrás una lista de deberes en tierra infiel, entre los que están combatir a los moros infieles en su propia tierra y recuperar reliquias sagradas cristianas, el Grial siempre está entre ellas, de hecho, encabeza la lista.
-¡¡Maravilloso!! –Al caballero se le iluminaban los ojos al hablar, muestra de la felicidad de su corazón –Podré hacer el bien a donde vaya, pelear por mi honor, por la corona y por Cristo y también podré traer su Sagrado Cáliz de vuelta con los cristianos. Y encima tendré a grandes y poderosos caballeros, no puedo ser más dichoso.
-Cierto, cierto, te conozco lo suficiente para saber que es así. Ahora, Albert, solo tienes que reunirte con los caballeros que estarán bajo tus órdenes en la salida de la ciudad, ya todo está preparado, así que monta tu caballo y vete con ellos. La ruta y todo, todo está listo para tu gloriosa misión.
El joven caballero le hizo una reverencia a Sir Bation pero esta vez sin aquel deje de burla de la última y cuando se empezaba a alejar en dirección a las caballerizas, el viejo lo llamó:
-Y procura matar muchos infieles en tu misión, eso complacerá al Rey y a Cristo, después de todo, son solo animales que no siguen a un dios verdadero.
Sir Albert asentó con la cabeza y se fue. Al llegar a las caballerizas solo tuvo que preparar a su caballo y montarlo, para dirigirse al encuentro de sus hombres. Sus hombres, que grandes le sonaban esas palabras, eran como un eco enorme de algo. Un eco de algo que lo hacía sentirse grande a él también, hasta eso se notaba a su paso por la ciudad donde su barbilla estaba más alta de lo que había estado nunca en toda su vida. Hasta el trotar de su caballo era hermoso, elegante y muy altivo, como si supiera de alguna forma que ahora podía sentirse orgulloso de ser la montura de ese hombre. A pesar de que el trote de su orgulloso corcel era muy pausado, no tardó en llegar al encuentro de los hombres que lo esperaban para que los guiase. Algunos le eran del todo desconocidos pero otros eran muy familiares para él, como el anteriormente citado Sir Arthur o Sir Gabriel. Era una imagen maravillosa para él, el ver a tantos caballeros y escuderos, corceles y armas, todos y todo en una misma zona y todo para él. Los caballeros le empezaron a saludar y a presentarse.
Después de un rato de que los caballeros que le eran desconocidos se presentaran y los que eran sus compañeros habituales le saludaran, estos empezaron a presentar también a sus escuderos, todos diciendo los magníficos futuros caballeros que serían. Entonces Sir Albert cayó en la cuenta de que no tenía escudero, casi se ruboriza hasta que apareció un jovencito de piel muy morena y pelo negro desordenado, este se acercó al caballero.
-¿Vos sois Sir Albert, no es cierto? –dijo el muchacho.
-Si, yo soy Sir Albert, ¿Y tú quién eres?
-Mi nombre es Amad, soy vuestro escudero y guía –dijo el muchacho con una sonrisa en los labios.
-¿Escudero y guía? ¿Tú vas a ser nuestro guía, jovencito? ¿Cómo es eso posible? –al caballero tal cosa le parecía improbable. El niño para escudero estaba bien pero no para guía, era demasiado joven, ¿Cómo podía saber un niño cual era el camino correcto si a lo mejor nunca había salido de las faldas de su madre?
-Oh, Sir Albert, miradlo, el niño nos guiará porque es de esas tierras. Él pertenecía a tierra infiel, pero no os preocupéis, es de confianza. Es uno de los pocos moros de confianza –dijo Sir Peter, mientras le pasaba la mano por el pelo al jovencito hasta despeinarlo.
-Ah, claro, bueno, está bien. Es un placer conocerte, joven Amad.
-El placer es mío, mi lord. Mejor comenzamos ya la marcha, señor, si os parece bien. Nos queda un largo camino por delante –el joven hablaba con timidez, aunque también había gran respeto y algo de miedo en su tono de voz.
-Si, bueno, si tú lo crees conveniente, comencemos con la marcha.
Todos se movieron, montando sus caballos y caminando en la dirección que los guiaba el pequeño. El niño parecía saber a donde exactamente caminaba, parecía saber cual era el camino correcto, lo cual sorprendió gratamente al caballero, el cual empezó a sentir un rápido aprecio por el pequeño. Mientras cabalgaban, juntos casi siempre, se iban contando cosas, el uno del otro, mientras avanzaban en su camino. Amad le contó a Sir Albert que, en las últimas cruzadas, unos caballeros lo encontraron después de una incursión en un poblado árabe y que se lo llevaron a su país, allí se crió en las costumbres cristianas, no sin olvidar parte de lo aprendido en su tierra, por lo que ahora era guía, por su extraordinaria memoria.
El caballero le contó que era de origen pobre y que llegó a caballero por méritos propios y con mucho dolor y esfuerzo, cosa muy rara para la época pues casi todos los caballeros lo eran por ser de casta noble, sin más requisitos que ese, lo cual a Sir Albert le parecía muy deplorable pero si todos lo admitían, a él le parecía bien. El caballero le fue contando batallitas durante todo el viaje, lo cual hacía las delicias del niño, el cual oía con mucha atención al caballero y lo miraba con aquellos ojos negros llenos de brillo. El viaje sucedió sin contratiempos durante dos meses, que fue lo que lo tardaron en llegar a territorio infiel, en donde empezaron a encontrar problemas, pues algunos moros les empezaron a atacar en grupos pero los caballeros, valientemente, los iban eliminando, dejando un rastro de sangre en su entrada en tierras árabes. Los cruzados solo perdieron unos pocos hombres en esas incursiones, escuderos en su mayoría. El dolor por los caídos fue aminorado al conseguir llegar a una ciudad infiel y recuperar en ella una reliquia sagrada. La ciudad, primera a la que entraban, quedó destrozada y la gente huyó de ella, lejos de los caballeros, pues no dejaron a un solo infiel vivo en su camino, solo los que huyeron sobrevivieron. Una vez en el campamento, los cruzados comenzaron a admirar su sagrado tesoro, el cual no era el grial, para la desesperación de Sir Albert.
-Pensaba que en esta ciudad estaba –dijo cerca del fuego con mucha pesadumbre.
-No os preocupéis, mi lord. Esta era una ciudad pequeña, ya encontraremos el grial –dijo el joven Amad intentando alegrar a su señor.
-Eso espero, Amad, eso espero.
-No penséis más en eso, Sir Albert y admirad esta copa. Dicen que uno de los apóstoles bebió de ella, es todo un tesoro. Seguro que el Rey estará orgulloso de vos –Sir Gabriel parecía bien feliz mientras miraba la copa.
-Además, hemos hecho un gran trabajo –Sir Arthur siempre se ponía de pie mientras hablaba, no podía evitarlo –¿¿Visteis cuantos infieles moros maté?? Caían como moscas en un día de calor. ¿¿Y visteis como corrían sus mujeres y sus niños?? Ja, ja, ja... Dios debe estar orgulloso de mí.
Todos los caballeros coreaban a Sir Arthur con sus risas, todos menos Sir Albert, el cual lo miraba con cierta faz de disgusto. Algo en su interior le decía que aquellas palabras eran muy crueles y después de pensarlo un rato, no pudo evitar decirlo.
-Sir Arthur, no os parece eso un poco... ¿cruel? Es que eso de hacer correr a mujeres y a niños...
-Oh, Sir Albert, por Dios, no digáis eso nunca. No es cruel. No los maté, ¿No es así? Solo les enseño lo que deben saber, nada más.
Sir Arthur soltó una risotada después de su comentario pero la cara de disgusto de Sir Albert no abandonó su rostro, era obvio que estaba muy molesto con aquel comentario.
-Oh, vamos, Sir Albert, no miréis así a Sir Arthur. Y no penséis más en ello, los moros infieles se lo merecen. ¿Sabíais, Lord Albert, que obligan a sus mujeres a ir cubiertas del todo para humillarlas y hundirlas? ¿A que no lo sabíais? ¿A que tampoco sabíais que enseñan a sus hijos desde pequeños a odiar a Cristo y a escupir sobre sus imágenes? Seguro que si que sabéis que adoran a un falso dios maligno y lo hacen de forma lasciva y pública. Les hacemos un favor cortándoles la cabeza para que así pueda juzgarles por sus pecados el Creador de Todas las Cosas –Sir Espegol siempre hablaba con fuerza y al mismo tiempo, con un tono paternal para reforzar sus argumentos.
Todos los caballeros le dieron la razón, algunos con un simple ‘Si’ y otros solo cabeceando para afirmar lo dicho por el caballero. Sir Albert no se atrevió a rebatir, Sir Espegol no podía hablar con tal sinceridad y fuerza si realmente no lo pensara y no lo pensaría si fuera mentira, después de todo, era un caballero como él y hacía siempre lo correcto y su reputación era intachable pero, si Sir Espegol estaba en lo cierto, ¿Por qué esa extraña sensación empezaba a invadir a Sir Albert? El caballero miró a su joven escudero y este solo bajó la cabeza hacia al piso, como si no lo hubiera visto.
En los días venideros, donde pelearon por sus vidas e hicieron incursiones para recuperar más reliquias sagradas para la Santa Madre Iglesia, Sir Albert cambió su rutina. Mientras que antes entraba en las ciudades con mucho convencimiento, ahora lo hacía con mucha sutileza y solo desenvainaba su espada para defenderse de agresiones directas. Algunos caballeros le llegaron a reprochar su falta de iniciativa en ataque pero al final decidieron dejarlo hacer a su manera mientras consiguieran sus objetivos.
Después de la última incursión, una sin resultado alguno a no ser que se contaran las muertes de infieles, los cruzados decidieron descansar en un oasis cercano a la siguiente ciudad, una cuidad enorme que, a pesar de estar a mucha distancia se veía desde el oasis. Se veía hermosa y enorme, con una gran muralla blanca rodeándola, de una forma muy elegante. Mientras Sir Albert perdía su vista en el horizonte en dirección a la ciudad, su joven escudero estaba hablando con un hombre en el oasis. Sir Albert miró la escena pudo ver a dicho hombre, un hombre moreno y con turbante, un infiel, pensó. El niño dejó de hablar con el hombre y se acercó a su señor caballero.
-¿Quién es ese hombre? –dijo Sir Albert intrigado mientras lo observaba.
-Es el viejo Rafiqui, vive aquí, en el oasis. Atiende a todos los viajeros, cuenta historias y todo eso. Si queréis, podéis ir a hablar con él, os contará historias o también le podéis preguntar sobre la ciudad a la que vamos.
Eso si que le interesaba al caballero, el saber más sobre la ciudad que tenía delante, esa que era magnífica a la vista. El caballero se acercó
pausadamente al hombre, que ahora se notaba que era un anciano, mientras este se sentaba en una piedra cerca de la orilla del oasis.
-Perdonad, mi buen señor, yo... –Sir Albert no sabía como empezar la conversación.
-Ah, sois vos el caballero del que me habló el pequeño Amad, gran muchacho, si, gran muchacho. Sentaos, por favor, sentaos, ¿Qué queréis saber? –el tono del anciano era realmente amable.
-Un poco de todo, sobretodo de la ciudad. ¿No sabréis si dentro hay alguna copa sencilla o algo así? ¿Una reliquia con forma de copa?
-Vos preguntáis por el Santo Grial, el Cáliz de Cristo, ¿No es así? –el hombre esbozaba una amplia sonrisa al hablar.
-Si, exacto. ¿Sabéis si está en esa ciudad?
-No, en la ciudad no está el Santo Grial.
-Vaya... –El tono de Sir Albert era de pesadumbre, otra ciudad y tan grande y el Grial no estaba dentro –Pero, ¿Cómo sabe usted del Grial siendo un mor...?
-¿Siendo un moro infiel? –el tono del hombre no era de enfado, sino de cierta burla, como si eso fuera una buena broma.
-Bueno... si, yo, lo siento, pero... –por algún motivo, el caballero sentía que debía disculparse con aquel hombre, pero no sabía por qué.
-No importa, me han dicho cosas peores. Pero yo sé del Grial, como cualquier árabe. Después de todo, en cierta forma, para nosotros es también sagrado.
-¿Sagrado? Pero... ¿Cómo es posible? Si ustedes no siguen a Dios ni a Cristo, pero como... –Sir Albert no podía concebir tal cosa, era inaudito, imposible... era...
-Nosotros también creemos en Dios, solo que le damos otro nombre: Alá. Que no es otra cosa que Dios en árabe –el hombre sonrió al caballero mientras le hablaba –Y a Cristo, lo tenemos como un gran profeta y lo respetamos y adoramos como tal.
-Jesús era hijo de Dios –dijo casi tartamudeando Sir Albert.
-Eso es justo en lo que no estamos de acuerdo. Nosotros los musulmanes pensamos que Cristo era un gran profeta, enviado de Dios y con mucho poder, pero no el hijo de Dios. Para nosotros, el hijo de Alá era Mahoma.
-¿Mahoma?
-Si, el profeta Mahoma. Tuvo una vida muy similar a Jesús. Fue perseguido por sus semejantes y murió de mala forma, pero fue grande en todo lo que hizo, para nosotros es el hijo de Dios.
-Pero el verdadero hijo de Dios es Jesús.
-Y para nosotros, es Mahoma. Pero de todas formas da igual, ¿no es así? Al fin y al cabo, todos somos hijos de Dios, ¿No? ¿Qué importa realmente quién fuera el verdadero, si ambos fueron grandes profetas? Incluso puede que ambos fueran hijo de Alá y puede que ninguno lo fuera. Eso no lo sabemos.
El caballero se quedó pensando en las palabras, de contenido tan sabio, del anciano. Nadie jamás le había hablado de religión de esa manera y menos un infiel... o supuesto infiel. Ahora esa palabra se resistía a pasar por su mente para definir a un árabe. Durante largo rato se quedó Sir Albert sentado al lado del hombre, mientras lo miraba de reojo, con la cabeza algo baja, mientras el anciano miraba el horizonte.
-¿Y es cierto... –empezó a decir de forma baja Sir Albert mientras miraba directamente a la cara del anciano -...que humillan a sus mujeres obligándolas a ocultar sus rasgos y que las tratan como esclavas?
-¿Cómo esclavas? –una risotada fuerte resonó por todo el oasis, haciendo que hasta los otros caballeros miraran en la dirección de ambos contertulios –¿Cómo esclavas por llevar el velo? Por Alá, más bien todo lo contrario. Mirad, señor, no se cubren del todo, solo lo que tienen que cubrirse. ¿Ve a aquella jovencita de allí?
Lord Albert miró en la dirección indicada y vio a una joven, de imponente figura, con una jarra en las manos mientras hablaba con una anciana. La anciana tenía una especie de tela cubriéndole la cabeza y estaba tapada en todo menos las manos, los pies y la cara. La joven, en cambio, tenía tapado el pelo con una tela semitransparente rosada y su cara estaba tapada de la nariz hacia abajo por la misma tela, dejando al descubierto unos preciosos ojos azules que iluminaban toda su cara. Su ropa era sencilla pero llamativa, unos pantalones bombachos violetas y una blusa que le tapaba hasta las muñecas pero que dejaba entre ver su ombligo cuando se movía.
-Si, la veo –articuló Sir Albert después de un rato.
-Bien, mi lord, ¿la veis tan tapada? ¿Os parece infeliz o desgraciada?
-No, además, sus vestiduras, las que la tapan la cara y el pelo, sin transparentes, algo se consigue vislumbrar.
-Pues bien, la jovencita va así porque no tiene marido y su rostro debe cubrirlo un velo. La otra mujer viste así porque ya tiene marido y como es una mujer respetable, debe vestir así. No es solo tradición, que de por sí es muy importante, sino también es para protección.
-¿Protección? ¿Es que alguien se las va a comer con la mirada?
-No lo dudaría –dijo el hombre entre risas –Pero no. El velo se usa para diferenciar a las mujeres libres de pleno derecho de las esclavas, lo hemos hecho así por centurias. Esas mujeres son de alta clase por eso.
-No lo sabía –dijo Sir Albert en un estado de perplejidad.
-No me extraña. A ustedes los cristianos de allá de su tierra los enseñan a temernos y a odiarnos. No enseñan nuestras costumbres y como temen lo que desconocen y odian lo que temen... Una cosa lleva a la otra.
-Pero yo he oído de... –el caballero pensó largo rato la siguiente palabra –árabes que han hecho cosas horribles.
-No lo pongo en duda, pero no se puede juzgar a un pueblo por unos pocos. Nosotros hemos visto cosas horribles hechas por cruzados y caballeros cristianos, ¿Deberíamos nosotros empezar a pensar que son todos malos? Yo creo que no, o no estaría hablando con vos ahora mismo.
-Pero si no son todos malvados, si hay gente buena, ¿Cómo puedo...? –Un río de ideas se pasaba por la mente del caballero, haciéndole lucubrar terribles cosas en su cabeza.
-Quizás debierais escoger vuestro propio camino, como hizo Mahoma, que demostró que no todo era blanco o negro, sino que había matices.
-Mahoma... ¿Podéis contarme alguna historia sobre ese profeta vuestro? Es para conocerlo mejor.
-Claro, la historia Mahoma y su camello define bien a nuestro profeta y sus acciones. Escuchad bien:
“Cuentan las historias que cuando el santo profeta Mahoma huyó de la ciudad donde estaba la Caaba, perseguido por la envidia y el odio de sus conciudadanos, buscó refugio en las inmensas soledades del desierto.
Amer y Dukar, dos de sus más encarnizados enemigos, siguieron las huellas de su camello. Más que el odio, les guiaba la enorme recompensa que el Caíd de la cuidad había prometido al que trajera, vivo o muerto, al profeta.
El sol se ponía en el horizonte. El viento Simoum rugía con enorme violencia levantando columnas de arena. De pronto, el santo árabe vio a lo lejos las siluetas de sus perseguidores. Bajó de su camello, y, mirando angustiado a uno y otro lado, sólo pudo encontrar una antigua cisterna seca, donde, en el fondo, únicamente crecían unos pálidos cactus, llenos de espinas.
No lo dudó un instante. Con presteza bajó, desgarrándose las carnes, hasta el fondo del pozo. Desde allí oyó acercarse las pisadas de sus perseguidores.
-Mira, ése es su camello –gritó uno.
-Observemos esta cisterna. Tal vez se haya refugiado en ella.
Los dos hombres se asomaron por el brocal, pero, al ver las horribles espinas que tapizaban las piedras amarillentas, exclamaron:
-Ha huido. Tal vez esté en aquellas dunas. La noche lo protege.
El más joven reparó en el camello. Era viejo y estaba casi pelado. Su pellejo pardo tenía una cenicienta mancha en el pecho, en forma de media luna. El árabe lo tomó por la rienda y exclamó:
-Si no tenemos a su dueño, al menos tenemos su camello. Matémosle y hagamos creer que una fiera ha dada cuenta de los dos.
-Es cierto, todo el mundo nos creerá si llevamos la piel del camello.
Ya brillaba el puñal herido por el resplandor de la luna cuando el brazo de Dukar se paralizó en el aire.
-Por Alá, Dios del cielo. Esperad. Aquí me tenéis. No matéis a mi pobre camello –gritó el profeta desde el fondo del pozo.
Los jóvenes quedaron estupefactos. Se asomaron a lo hondo y vieron al profeta con las ropas llenas de sangre. Mahoma suplicaba:
-Podéis hacerme prisionero. Llevadme ante el Caíd de la Meca, y que mi cabeza ruede por el suelo. Yo os bendeciré desde el Paraíso, si dejáis en paz a mi camello.
Los dos jinetes izaron al santo profeta con las riendas de una cabalgadura, y, maravillados por su gesto, le preguntaron:
-¿Por qué habéis hecho esto?
El profeta levantó su mano y señaló las cercanas colinas:
-¿Veis esas dunas de arena? Hace muchos años, cuando yo no era más que un humilde camellero, una caravana se dirigía con sus mercancías hacia Medina. El sol ardiente, la larga caminata y las privaciones hicieron que cayera desfallecido sobre la arena. El jefe de la expedición se paró un momento y, notando que mis ojos estaban turbios e inmóviles, ordenó seguir la marcha. Una tormenta rugía en el horizonte y no había tiempo más que para huir a toda prisa hacia la ciudad.
‘La larga fila de hombres y animales pasó junto a mí. En último lugar iba un viejo camello, a quien yo, alguna vez, por piedad, había curado los brutales latigazos del amo.
‘El camello se paró junto a mí, como si su pobre cerebro le indicara que yo necesitaba ayuda, la caravana se perdió en el horizonte y el animal se echó junto a mí para darme el poco calor que tenía. Por el día, su sombra debió protegerme de los ardores del sol, hasta que, en la tercera jornada, abrí los ojos, como el que resucita. Nunca olvidaré la mirada del pobre animal. Su lengua áspera lamió mi rostro y, luego, como si la mano de Alá guiara, comenzó a andar para que yo pudiera arrastrarme cogido de sus riendas. En aquellos tiempos, esta cisterna no estaba seca; de aquella roca brotaba un manantial que la llenaba con sus aguas cristalinas. Hasta aquí me trajo para que yo pudiera saciar mi terrible sed. En sus alforjas encontré dátiles, miel y queso, que me hicieron recuperar fuerzas. Alá es testigo de que, si no es por aquel animal, ahora no os podría contar esta historia.’
Los jóvenes quedaron silenciosos un momento y luego preguntaron:
-¿Y murió ya vuestro camello?
Mahoma negó con la cabeza.
-No. Aquel camello es éste a quién vosotros queríais matar para cobrar vuestra recompensa.
Los jóvenes, conmovidos, acariciaron la cabeza del viejo animal. Mahoma recogió su capa desgarrada y, desatando su alfanje, lo ofreció a los dos jinetes diciendo:
-Ahora llevadme ante el caíd. Vuestro soy.
Aquéllos, con lágrimas en los ojos, se arrojaron a los pies del profeta y exclamaron:
-Alá nos perdone. ¿Cómo podríamos vender a un hombre que tiene un corazón tan compasivo? ¿Acaso hemos de tener menos piedad que vuestro camello?
Y subiendo sobre sus cabalgaduras se perdieron, camino a la Meca, entre doradas columnas de polvo. FIN.”
El caballero se quedó pensando en la historia, una de las más conmovedoras historias que había oído nunca. ¿Así que ese era el hombre que era el hijo de Dios para los musulmanes? La historia contada, desprendía tanta compasión y bondad de aquel Mahoma como si la historia fuera sobre Jesucristo. ¿Cómo era posible eso?
-Ahora no sé qué hacer –dijo en un suave susurro el caballero.
-Joven cruzado, no todo es blanco y negro, hay matices y no solo está el camino de la derecha o el de la izquierda, sino también está el del centro. Y muchos otros intermedios entre estos tres, solo tenéis que buscar el que os vaya bien para vuestros ideales. ¿En qué creéis vos?
Sir Albert se lo pensó largo rato, antes de contestar. ¿En qué creía él?
-En la Iglesia, en mi Rey y en mi honor. Pero ya no creo tanto en una Iglesia que manda matar y asesinar a gente que no es malvada solo porque sus creencias distan un poco de las nuestras y a mi Rey... En ese creo que dejé de creer hace ya tiempo. Antes también creía en la Caballería pero he perdido esa fe en el viaje. Y pensar en todos los esfuerzos que me costó ser caballero, lo idealista que fui siempre.
-¿Os costó mucho haceros caballero? –dijo el anciano con una mano en el hombro de Sir Albert.
-Muchísimo, todos los que aquí veis, en su casi totalidad, son caballeros por ser nobles y ricos y todo eso. Yo empecé por ser escudero y fui subiendo.
-El Corán tiene un dicho para los ricos. “Antes pasará un camello por el ojo de una aguja, que qué un rico entre en el Reino de los Cielos”.
-El Corán... ¿Qué es el Corán?
-Es nuestro libro sagrado, como la Biblia para los cristianos. De hecho, es la Biblia, pero con una pequeña añadidura por nuestra parte, sobre la parte de la vida de Mahoma y todo eso, de resto, es prácticamente igual.
-Vaya, algo nuevo. Pero ahora estoy del todo confundido, no sé qué hacer.
-Lo entiendo, es difícil dejar de tener una fe ciega para ver la realidad tal como es. Pero, le ayudaré. ¿Veis a aquella mujer de allí, la que está en el agua escanciándola?
El caballero entornó sus negros ojos y fijó su vista en una muchacha joven, tocada por un simple velo. Tenía una jarra grande en el agua y en una de sus manos una jarra diminuta con la cual llenaba la grande, en unos ágiles movimientos.
-La veo, ¿Qué pasa con esa mujer?
-Lo que hace, escanciar el agua, representa a la Templanza.
-¿La Templanza?
-Si, La Templanza, el camino del medio. No tenéis que ser un asesino de musulmanes ni tenéis que uniros a nosotros contra los cristianos. Solo debéis luchar por lo que creéis justo y bueno. Por vuestros ideales. Seguro que haréis lo correcto.
El caballero pensó en esas palabras largo rato, muy largo rato. Justo cuando iba a virarse para darle las gracias al anciano, una nube de polvo se levantó en el horizonte. Todos en el oasis salieron corriendo, incluido el anciano. Pronto se empezaron a distinguir figuras entre el polvo.
-¡¡Nos atacan!! –dijo a voz en vivo Sir Arthur.
Era un nutrido grupo de guerreros árabes, con sus cimitarras al viento. Venían de la ciudad que ellos iban a asaltar y era obvio que pretendían liquidarlos antes de que llegaran. El número era enorme, difícilmente calculable. Pronto estalló la primera confrontación y entrechocaron las espadas y el ruido del metal se mezcló con los gritos de la gente. Sir Albert, el caballero al mando de todos aquellos cruzados que peleaban, estaba inmóvil, quieto, mirando la escena mientras no hacía nada. Petrificado por el miedo o por alguna otra cosa. En su cabeza volaban las dudas de un lado al otro, no permitiéndole pensar en ninguna otra cosa. Todas sus dudas se aliaron para rondarle la cabeza en aquel momento, mientras sus compañeros peleaban y morían contra el grupo asaltante. Los cruzados caballeros empezaron a llamar en auxilio a su amigo, el cual empezó, poco a poco, a salir de aquel trance hipnótico en el que sus dudas lo mantenían. Se llevó las manos hasta su negro y medio rizado pelo, agarrándolo con fuerzas hasta el dolor mientras repetía una y otra vez que no podía atacar, no a aquellos hombres ahora que sabía que no eran monstruos malvados.
De repente, de los rescoldos de su memoria surgió la imagen de la mujer escanciando agua, La Templanza. Esas palabras resonaron en su mente durante un instante. Sir Albert alzó la cabeza y vio la encarnizada lucha, con sus compañeros en medio y consiguió vislumbrar a su escudero Amad, el cual también peleaba con aquella espada corta que llevaba siempre del cinto y que a Sir Albert, más de una vez, le pareció más un juguete que un arma. Todas las palabras, las imágenes y las dudas se juntaron a la vez en su cerebro para crear, por primera vez en su existencia, una imagen terriblemente clara. Todo eso culminó en un grito enfervorecido que salió de su garganta al mismo tiempo que desenvainaba la espada. Después de eso, unas palabras que se perdieron en el ruido de la batalla mientras él entraba en combate.

***

De aquella batalla no hubo ni un solo sobreviviente, nadie para contarla excepto los agresores, los cuales regresaron triunfantes a la ciudad de muralla blanca. Los habitantes del oasis enterraron ahí mismo a los cruzados. En una tumba improvisada, una estela de madera puesta por la joven que escanciaba agua y adornada por flores del desierto. La mujer estaba terriblemente cerca cuando el hombre valerosamente entró en batalla y fue la única que oyó lo que el cruzado decía al viento mientras iba a salvar a los demás, por eso, copió esas últimas palabras en la improvisada lápida de madera. Y en perfecto árabe, estaba escrito lo siguiente:
“MI NOMBRE ES SIR ALBERT CAMUS Y SI NO PELEO POR MI REY O POR LA IGLESIA, AL MENOS PELEARÉ POR MI HONOR, LO CUAL ES... MI VIDA”.
FIN

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