El sol era demasiado fuerte, aún desde el horizonte. El calor sofocaba sin dar un poco de aire dentro del auto. El tráfico no ayudaba, a ésas horas todo el mundo regresaba de su trabajo, a retirarse sobre la paz y la calidez de su hogar. La mayoría de los vehículos llevaban sus faros encendidos, ya que la noche amenazaba desde lo más alto con apropiarse de ése día en tan sólo unos minutos. Gabriel poco a poco dejaba la rutina detrás y ya se dejaba invadir por los momentos que tendría junto a Elizabeth.
Por su mente desfilaban pensamientos de más, aún fresca ésa discusión que muy temprano de mañana había tenido con ella. Una estupidez, tal vez algunos celos y palabras que se dijeron sin meditar siquiera. Eso lo hacía entender que a veces la gente prefiere perder el tiempo en problemas en vez de soluciones. En vez de disfrutar. Aún así, se permitía recordar esos abrazos largos e inacabables en la cama, viendo tal vez alguna que otra película, dándose besos entre charlas sin terminar, dejando que la punta de su nariz jugara inocente en su cuello. Un suspiro escapó de sus labios y sonrió inconsciente.
Pasaron dos horas hasta que finalmente Gabriel aparcó junto a la casa donde vivía desde hacía ya tres años junto a su prometida. El frente tenía una gran puerta de madera, con dos ventanales enormes a sus costados. Delante, un amplio jardín con flores lilas y naranjas. Por él se plantaban dos glorietas que interrumpían el camino hacia la casa, obligándolo a realizar un par de curvas antes de llegar a ella. Cubriendo las columnas de las glorietas, flores colgantes y alguna que otra orquídea apenas florecida. La casa tenía un primer piso y un balcón en la parte delantera que conducía a varias habitaciones.
Gabriel permaneció unos minutos en el vehículo, admirando la casa que con tanto trabajo le había costado. Un sueño que hacía no mucho tiempo parecía difícil de lograr. Pero ahí estaba, toda suya y de Elizabeth. Decidió bajar finalmente y dirigirse hacia ella.
Al llegar a la puerta, notó que se encontraba entreabierta. Caminó hacia ella con sigilo y al tocarla, fue abriéndola de a poco. Asomó su cabeza en silencio y una vaga sensación de soledad le hizo sentir que la casa se encontraba vacía. No, no podía ser, Liz tenía que estar en la habitación, ya que no tenía clases de fotografía ése día. Entró despacio y sin hacer ruido, cerró la puerta y se ubicó en el medio del hall de entrada. La casa realmente parecía estar vacía.
Caminó hacia la cocina y al llegar a ella, abrió inmediatamente la heladera. Tomó un poco de jugo de naranja en una botella y la cerró. Bebió sin pensar, sintiendo cómo el calor se iba apagando dentro de su cuerpo. Dejó a un lado la botella y salió rápidamente del lugar. Se dirigió hacia las escaleras y sin dudarlo, comenzó a subir. Con cada peldaño que dejaba pasar, más se animaba a pensar que algo no estaba bien. Pensó en llamar a la policía, metiendo la mano en el bolsillo de su saco, donde guardaba su celular, pero al pensarlo dos veces decidió esperar un poco y averiguar bien qué sucedía.
"Qué estúpido que fui" se decía por dentro, lamentándose el haber reñido con su bella novia. Una y otra vez se decía que no debía perder el tiempo en esas cosas, cuando en realidad podría haberlo disfrutado con ella. Y así fue como recordó aquella primera vez en que hicieron el amor. Habían comprado la casa hacía dos días y aún no habían tenido el tiempo para estar solos con tantas cosas por hacer y acomodar. Pero llegó el momento y todo fue tan cuidado, tan despacio, tan bello, tan especial y único. Ella se había entregado completa y él sólo quería cuidarla. Sentir su piel pegada a la de él fue como perder la vida que había llevado hasta ése momento y renacer con una completamente nueva, llena de vida y felicidad. Cada suspiro, cada gemido, cada grito, cada susurro habían sido grabados en sus oídos para siempre, como muestra de la pasión que habían dado comienzo ésa tarde.
Inconscientemente dejó escapar una lágrima, pero enseguida se dio cuenta de ella y la quitó con su pulgar.
Y llegó finalmente al primer piso. Se dirigió hacia la habitación, sintiendo muy profundamente una mala sensación, una especie de premonición barata. Al llegar a ella y ver la puerta abierta de par en par, entendió el porqué.
Todo se encontraba demasiado ordenado. La ropa en su lugar, la mesa de luz sin vasos ni jarras con agua, los zapatos debajo de la cama, el placard cerrado. La cama se hallaba tendida y las frazadas dobladas pulcramente a sus pies. En el medio de ella... una carta.
Gabriel pudo sentir cómo un escalofrío le recorría la espalda.
Se acercó a ella lentamente y al llegar, la miró de reojo. Podía oler el perfume que se desprendía de ella y eso vaticinaba tal vez un final. Tanto misterio, tantos nervios, tanto silencio. Todo eso significaba una cosa.
Levantó la carta y debajo de ella pudo ver un anillo. No hizo falta alzarlo para darse cuenta de qué anillo era. Era el anillo de bodas de Liz. Sus ojos se llenaron de lágrimas y con la poca entereza que le quedaba, evitó llorar. Las piernas le temblaban, el corazón latía tan fuerte como nunca, sus ganas se volvían impulsos imposibles de controlar. Sintió la imperiosa necesidad de salir corriendo, sin siquiera abrir la carta y saber la verdadera razón del anillo sobre la cama y no en el anular de su preciosa prometida.
Sus brazos se dejaron caer como si al cuerpo entero le pesasen, luego sus rodillas y así, su cabeza miró al suelo, tratando de entender una decisión tan dura e inexplicable. Sus lágrimas mancharon sus rodillas y poco a poco en su mente fueron desfilando miles de momentos vividos a su lado. Ya no la vería sentada sobre la mesada de la cocina, moviendo sus piernas provocativamente mientras él cocinaba. Ya no la tendría como compañía en sus brazos y recostado en el sillón del living, mientras alguien decía cosas que ni escuchaba en la televisión. Ya no tendría una excusa para descubrir un rincón perdido por la casa en una lucha de besos y roces llenos de deseo. Todo parecía haber terminado. Todo.
Alzó la mirada al techo y cerró los ojos. Sin dudarlo un segundo, se levantó y echó a correr por el pasillo, bajando las escaleras sin reparar en un tropiezo que podría llegar a costarle la vida. Al dejar las escaleras, se lanzó hacia la puerta. Pensaba en correr y correr sin parar, hacia quién sabía dónde, olvidando todo lo dejado atrás y sobre todo de llorar por un final que se le había escapado de las manos. Olvidar, si. O tal vez enterrar... o dejar atrás...
Abrió la puerta y se encontró ante la imagen de Elizabeth. Compartía en su cara las mismas lágrimas que Gabriel había soltado hacía segundos. Una maleta colgaba de su brazo derecho y llevaba un pequeño bolso en su brazo izquierdo. Lucía una blusa celeste y una falda blanca hasta las rodillas. El pelo lo llevaba suelto y su rostro sin nada de maquillaje. "Aún llorando se ve hermosa" pensó él en sus adentros. Pasaron varios segundos en silencio, tan sólo oyéndose el vago sonido de las respiraciones aceleradas. Entonces ella habló.
- Perdón... pero es que olvidé mi anillo...
- No te servirá como recuerdo...- contestó él enseguida.
- Para qué quiero un recuerdo si puedo tenerte toda mi vida.- sentenció ella.
Elizabeth no pudo soportar la situación y se abalanzó hacia sus brazos. Gabriel la abrazó tan fuerte, como si no la quisiera dejar escapar jamás y cerró sus ojos, dejando que sus pensamientos se acomodaran de nuevo. Permanecieron así por varios minutos y finalmente él la besó. La besó como aquella primera vez, con la misma pasión, con el mismo deseo, con la misma locura. Al cabo de unos minutos, ella se apartó y susurró en sus labios:
- Hay momentos en la vida en que uno quiere detener tanto dolor...
- Shh mi cielo...- la interrumpió Gabriel poniendo un dedo en sus labios.- Aquí no hay que detener dolor... porque lo único que hay entre tú y yo es amor.
Y volvió a besarla, dejando que el mundo murmurase alrededor de ellos. Dejando que el destino se guardara en sus bolsillos ésa mala jugada que les había preparado. Dejando que sus corazones decidieran por ellos. Olvidando todo... menos de amar.
FIN
jueves, 22 de enero de 2009
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